La primera torre del Obra: John Powell

John Powell fue la primera torre que tuvo el Obradoiro en toda su historia. Esto no quiere decir que hasta el verano de 1976 -cuando Powell aterrizó en Compostela- el equipo contase únicamente con tipos bajos en su plantilla. Pero este espigado jugador sí fue el primer hombre alto del Obra, si utilizamos este concepto tal como lo entendemos hoy en día. Toda una novedad en una afición que ya llevaba unos cuantos años disfrutando de basket de nivel, pero que nunca había visto un jugador como él.

En algunos aspectos, no muchos, pueden encontrarse similitudes entre John Powell y nuestro añorado Mike Muscala, el interior que logró en 2014 hacer el viaje desde Compostela a la NBA. Ambos eran blancos, recién salidos de la Universidad, con cara de no haber roto nunca un plato y muy por encima de los 2 metros. Muscala está en los 2,11. Y Powell rondaba los 2,10, con lo que superaba con creces la altura de los anteriores extranjeros que habían pasado en las temporadas anteriores por Obradoiro: Dave Stoczynski y Jimmy Thorsden.

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John Powell, en un recorte de El Correo Gallego

Nuestro protagonista contaba con 23 años cuando llegó a Santiago. Había nacido en 1953 en Oklahoma y, precisamente, la última temporada había militado en el equipo de su universidad. Pero una de las cosas que más llamó la atención cuando llegó a Compostela fue su envergadura. Era muy alto, pero lo aparentaba todavía más por ser un jugador “delgado y con brazos largos”, como lo define Eduardo Echarri, compañero suyo en aquel Obradoiro 1976-77.

Los que lo vieron jugar coinciden en que el John Powell que militó en Obradoiro era un jugador con importantes limitaciones técnicas. Echarri recuerda de él que “le faltaba coordinación” y que “no era un gran luchador, pero en nuestra división la altura era suficiente”. “No era un jugador técnico y recuerdo que le pedíamos que reboteara con autoridad”, me cuenta cuando le pregunto por él. Una opinión parecida es la que tiene Julio Bernárdez, que ese año era junior y que hizo buenas migas con él. “Era un jugador muy justito pero muy alto, en defensa era un tío enorme para aquella época y hacía variar muchos tiros. Pero recuerdo sus problemas de lateralidad”, rememora.

LIMITACIONES

Con todo, su altura le llegaba para ser por momentos un jugador determinante en una categoría como la Segunda División, en la que solo había un extranjero por categoría y algunos equipos ni siquiera lo tenían. Es cierto que desde el año anterior el nivel de la Segunda División había aumentado por la creación de un único grupo para toda España. Pero en todo caso seguía siendo una competición en la que pocos jugadores vivían del basket -en el caso del Obra había un buen número de universitarios- y los que lo hacían tenían la obligación de tirar del carro. De ser los referentes del equipo.

John Powell tuvo la suerte de aterrizar en una plantilla solvente y competitiva, que podía sacar los partidos sin depender en exclusiva de él. En ella estaban, además de Echarri y Bernárdez, jugadores como Domínguez, Caso, Quino Salvo -que venía de ser medalla de Bronce en el Eujubasket-, Gil, López Cid, Boni Rodríguez, Abeijón, Novoa… Eran capaces de superar obstáculos con o sin él, y así se vio en su primer partido con el Obradoiro, un amistoso frente a Breogán. Powell consiguió solo 11 de los 91 puntos que el Obra le endosó a los lucenses y al principio “estuvo desorientado”, aunque en su duelo con Fullarton dejó muestras de que tenía que ser determinante al rebote. Entre otros motivos porque era el único jugador del Obra que pasaba de los 2 metros.

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Powell, en el partido contra Helios Zaragoza (Foto: El Correo)

La sensación que quedó del paso de John Powell por el Obra es la que transmite un cuadro de luces y sombras. Estadísticamente no hay duda de que realizó auténticas exhibiciones, como los 44 puntos que consiguió en la segunda jornada frente a Castellar o los 40 contra el CAU Oviedo. Solo en las 10 primeras jornadas de competición promedió 29 puntos por partido y no bajó de 20 en ninguno. Pero con esos números… ¿Qué estaba fallando? “Powell sigue sin convencer”, contaba la prensa al acabar el partido frente al equipo barcelonés de La Salle, que también resaltaba el “estilo rudimentario” del jugador.

La clave puede estar en unas declaraciones del entrenador obradoirista, Carlos Lamela, en una entrevista en El Correo Gallego justo antes de navidades. Al hablar de su jugador franquicia reconocía que estaba “un poco apretado por la responsabilidad”, ya que en la Universidad de Oklahoma no tenía un papel protagonista que sí debía interpretar en Compostela. Por eso estaba jugando “mucho mejor fuera de Santiago”, aseguraba Lamela. A ello se le unían ciertos problemas de adaptación consecuencia directa de que John Powell no tenía ni remota idea de castellano.

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Plantilla del Obradoiro 1976-77, entrenado por Lamela

Pero en conjunto se puede recordar su paso por Obradoiro como positivo. Es evidente que su aportación fue importante durante toda la competición. Y la temporada transcurrió de forma plácida, sin opciones al soñado ascenso -habría que esperar cinco años para conseguirlo- pero muy alejados de la zona peligrosa de la clasificación.

PELIS DE VAQUEROS Y LA CATEDRAL DE FONDO

Más allá de su aportación deportiva, lo que sí está comprobado es que John Powell estaba feliz en Santiago. Echarri lo recuerda yendo a entrenar con un gorro tejano. Y un amigo del blog, Antón, me contó una vez que Powell era un asiduo a la sesión de las 15.30 en el desaparecido Cine Avenida: “Yo vi un par de vaqueradas con Powell al lado, y al final de la película el tío ya estaba firmando autógrafos”. Es fácil darse cuenta de que en la Compostela de finales de mediados de los 70 un americano de 2,10 no pasaba desapercibido.

Pero de John Powell también se recuerda su afición por el arte y por la cultura, motivo por el cual estaba tan a gusto en Santiago. En aquella época su compañero Julio Bernárdez estudiaba Geografía e Historia y, ni corto ni perezoso, Powell llegó a acudir como oyente a algunas clases en la facultad pese a su escaso dominio del español. Le encantaba la catedral. “No se creía que ese templo ya estuviese ahí desde hacía muchos siglos”, me cuenta Bernárdez.

Aunque la prueba más evidente de que el de Oklahoma guardará un buen recuerdo de Santiago está en sus palabras. En una entrevista en El Correo Gallego, el propio Powell contaba lo que estaba viviendo aquel otoño-invierno de la temporada 1976-77. “Espero triunfar, aquí estoy muy contento y la gente es muy amable; me gusta jugar aquí y Santiago me gusta muchísimo”, señalaba, tras referirse a la afición del Obra como “muy fuerte”.

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Powell contra el Águilas (Foto: El Correo)

En esa entrevista dejaba patentes las grandes diferencias entre la NCAA y el basket español en el que acababa de aterrizar. “La mayor diferencia es la estatura de los jugadores, en Estados Unidos normalmente hay cuatro o cinco jugadores en cada equipo muy altos, aquí no”, explicaba. También pedía tiempo para familiarizarse con el estilo de juego y reconocía sus problemas de adaptación por el idioma, pese a que estaba empezando a estudiar castellano.

Nada se sabe del paradero actual de Powell. Le seguí el rastro y varios indicios me llevan a pensar que actualmente es profesor de Historia de Europa -su gran pasión- en una institución académica de Oklahoma. Intenté ponerme en contacto con él para confirmarlo pero no recibí respuesta. En algunas ocasiones, los exjugadores quieren borrar su pasado deportivo o simplemente no quieren recordarlo. Salvo que algo cambie siempre me quedará esa duda.

En lo que coinciden todos los que conocieron a John Powell es que, por encima de todo, era un buen tipo -su familia era de origen humilde- que nunca dio un problema. “Una gran persona, noble y sencilla”, me lo describió Bernárdez. Y así lo definía también su entrenador aquella temporada: “John tiene una calidad humana excepcional”. Un requisito que, a día de hoy, sigue siendo premisa fundamental para ser una parte del Obradoiro con independencia de su altura.

(Artículo original escrito en 2014)

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